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¿Confiamos en nuestras instituciones?

Karla fue al Hospital Rosales a pasar consulta porque se encontraba enferma. Al finalizar le dieron una receta, pero le advirtieron que no había medicamentos y que tenía que comprarlos. Ella apenas había logrado reunir el dinero del pasaje. En su cabeza pasaron las noticias de cómo los funcionarios y empleados públicos defienden a capa y espada sus seguros privados, pagados con los impuestos de ella. También recordó cuando en abril se tuvo que recortar el presupuesto del Ministerio de Salud, pues de algún lado se tenía que pagar la deuda pública, ante la incapacidad de lograr acuerdos.

Karla acababa de ser despedida de una maquila –que estaba exenta del pago de impuestos–. Cuando entró le dijeron que si quería el trabajo tenía que aceptar las condiciones: sin seguro social, sin derecho a vacaciones, no podía ir al baño más de una vez al día y si se enfermaba le descontaban el día. Justo ese día que la despidieron, pasaron por su casa diversos partidos políticos, hablando de cómo ellos le iban a solucionar todos sus problemas.

Karla, al igual que la mayoría de la población, ha dejado de confiar en el sistema político, ante la falta de respuestas a sus necesidades. Así lo indican los resultados del informe de Latinobarómetro para 2017. Las personas al no ver que su situación económica y social mejora, desconfían en las instituciones constituidas para atender sus demandas. La población desconfía de la fuerza armada, la policía, el tribunal electoral, el poder judicial, el parlamento, el Gobierno y los partidos políticos. Sobre estos últimos se debe destacar que solo el 7 % de los salvadoreños confía en ellos. Esta pérdida de confianza es uno de los indicadores que muestra el deterioro de nuestra endeble democracia.

Las personas entrevistadas por Latinobarómetro plantean que los cuatro aspectos para confiar en las instituciones son: si tratan a  todos por igual, cumplen sus promesas, son fiscalizadas y si admiten responsabilidades cuando se equivocan. Al leerlas se me vinieron a la mente algunas decisiones que desde las instituciones públicas se han tomado en los últimos días y que son lecciones sobre cómo se pierde la confianza. En cuanto a tratar a todos por igual, la Asamblea Legislativa aprobó una amnistía fiscal que beneficia a los contribuyentes incumplidos, lo que deja en desventaja a los contribuyentes honestos que realizaron el esfuerzo responsable de pagar sus impuestos a tiempo y de forma íntegra.

Respecto a cumplir sus promesas, ningún partido político cumplirá sus promesas  electorales si en el país no se logra un acuerdo fiscal integral. Todo lo demás son discursos vacíos. Por cierto hay que advertir que un acuerdo fiscal integral, no es una reforma tributaria para incrementar el IVA o renegociar de la deuda, que es lo que están discutiendo. Bien harían los partidos políticos en usar las palabras adecuadamente.

Sobre si las instituciones son fiscalizadas, la última reforma aprobada para conocer a los financistas de los partidos políticos, demuestra que a éstos les da escozor ser fiscalizados por la ciudadanía. Los grupos de poder económico y del crimen organizado, aprovechan precisamente el financiamiento electoral como un mecanismo para asegurar que se gobierne en beneficio de ellos.

Finalmente, sobre admitir responsabilidad cuando se equivocan, bien haría la Sala de lo Constitucional en reconocer su craso error en la resolución en la cual inventa nuevas “causales” para limitar el derecho al acceso a la información pública, yendo incluso en contra de sus propias resoluciones, olvidándose el principio de máxima publicidad y otorgándoles discrecionalidad a los funcionarios para que decidan si entregan o no información. Un claro retroceso en la trasparencia.

Posiblemente no estemos conscientes, pero nos estamos jugando el éxito de nuestro futuro político, económico y social. Y la confianza en nuestras instituciones se ha perdido. Ha llegado el momento que todos los actores políticos bajen del Olimpo y se pongan a trabajar en beneficio de las grandes mayorías. Tal vez así Karla y el resto de la ciudadanía confíen en que un mejor un futuro es posible.

Esta columna fue publicada originalmente el 2 noviembre en el diario El Mundo de El Salvador.