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Sí, la matrícula cayó

Escribo esta columna en respuesta a la publicada el viernes 25 de septiembre en el matutino elPeriódico por el rector de la Universidad del Valle de Guatemala. En ella se hace énfasis en que «ha habido preocupación sobre una supuesta caída en la tasa de cobertura de la educación primaria», la cual se achacó a la administración educativa del gobierno de Otto Pérez.

En mi opinión, la caída en la tasa de cobertura no es «supuesta» y tiene fundamento. Es cierto que el censo de 2002 dejó de ser una fuente confiable para las proyecciones de población, pero no me parece recomendable negar un problema aduciendo que, a falta de dicho censo, el problema simplemente no existe. ¿Qué? ¿Acaso no debemos anticiparnos a los problemas? Negar ese problema sería como que usted, estimado lector, llevara a su hijo al médico hasta que tuviera 41 grados de fiebre, y no mientras esté en 38. Paso a comentar algunos elementos que se abordan de manera incompleta en la columna mencionada. Completarlos permite demostrar que la matrícula efectivamente no solo ha caído, sino que se ha derrumbado.

  • Es cierto que la tasa global de fecundidad bajó de 3.8 en 2005 a 3.1 en 2013, pero también se debe reconocer que existe un mayor número de mujeres en edad reproductiva. Por consiguiente, el número de menores de cinco años años tiende a aumentar.
  • Es cierto que en el quinquenio 2010-2015 se ha registrado un 20 % de nacimientos menos de los proyectados, pero desde 2009 el número de nacimientos ha venido incrementándose anualmente de 351 000 a 387 000 en 2013, lo cual refuerza aún más el punto anterior.

¿Necesitamos de un censo para tener un dato certero de que la matrícula ha caído? Sí, urge fortalecer el Instituto Nacional de Estadística para que dicho censo se pueda realizar. Sin embargo, mientras ello sucede se pueden consultar, además de las proyecciones de población del censo de 2002, otras tres fuentes: el Centro Latinoamericano de Demografía (Celade), la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el número de nacimientos reportados en el Registro Nacional de las Personas (Renap).

Sobre esta última, en el Icefi reconstruimos la tasa de matrícula por edad simple. Los resultados son sorprendentes:

  • En 2010, en Guatemala pudo haber aproximadamente 372 000 niños de seis años (al tomar como base los nacidos en 2003, luego de descontar aquellos que hayan fallecido). Si el sistema educativo (tanto público como privado) pudo atender a 339 000 en dicho año, se tiene una tasa de cobertura del 91.0 %. Para 2013 esta tasa se había reducido al 83.5 %.
  • Con los menores de siete años, la tasa de cobertura cayó de 95.8 % en 2010 a 94.1 % en 2013. Con lo menores de 8 años, la caída es mayor, cerca de 4.0 %.
  • Si fuera cierto que la matrícula no está cayendo, sería conveniente que se explicara entonces por qué el Ministerio de Educación propone incrementar para 2016 la matrícula de preprimaria en más de 50 000 alumnos y la de primaria en más de 200 000 alumnos.

¿Qué factores explican la caída de la matrícula? Se debe reconocer que los programas de transferencias condicionadas llevaron a la escuela a la niñez en situación de pobreza extrema, pero no hubo una estrategia pedagógica diferenciada para recibirlos en el aula. Adicionalmente, estos programas fueron reducidos a la mitad durante la administración de Otto Pérez. Mientras en 2010 el Estado les destinó 1 138.8 millones de quetzales, en 2015 se prevé invertir 676.8 millones.

Lo más lamentable de la columna citada es que no reconoce el problema de la niñez migrante y que centra su atención en la punta del iceberg sin reconocer los grandes bolsones de exclusión educativa en la población de 0 a 5 años de edad y en la de mayores de 13 años.

Es cierto que Guatemala necesita una agenda creíble de calidad educativa, pero esta no debe sacrificar el derecho a la educación de miles de niñas, niños, adolescentes y jóvenes. ¿Podemos hablar de calidad educativa con al menos 3.5 millones de guatemaltecos sin acceso a la educación? ¿Podemos hablar de calidad educativa sin pertinencia lingüística?

Más allá de estas preocupaciones, lo que es rescatable entre estos puntos de vista es que al menos se tiene un consenso importante: las estadísticas no parecen suficientes ni confiables para realizar una planificación más acertada, tampoco para una evaluación de las acciones implementadas. En todo caso, considero prudente tener en cuenta que el análisis de cobertura y de calidad no puede ser excluyente. Aportará muy poco a Guatemala una educación con mejor calidad pero con una baja cobertura, del mismo modo que también aportará muy poco una tasa alta de cobertura con una calidad mediocre en la educación.

Para quienes tenemos o hemos tenido la oportunidad de trabajar y colaborar dentro del sector de educación con nuestros aportes y análisis, la exigencia en este momento es de un alto calibre, pues debemos conducir un debate profundo, que más que antagonizar entre cobertura y calidad nos permita construir una agenda con consensos técnicos. En el camino tendremos que lidiar con cifras desactualizadas, con problemas de financiamiento y con divergencias de opinión. No obstante, esta ruta puede augurarnos mejores resultados en la propuesta de aportes que permitan que la totalidad de los niños, las niñas y los adolescentes tengan acceso a un sistema educativo de calidad que les provea herramientas para su desarrollo.

Esta columna de opinión se publicó originalmente el 1 de octubre en Plaza Pública de Guatemala.