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El poder

La historia mundial está llena de casos de personas que el poder las transformó, o quizá simplemente hizo que se mostraran tal cual.


El poder es para usarse, ojalá que siempre fuera para bien. Las personas que tienen poder pueden con sus acciones mejorar la vida de millones de personas o también destruirlas. El poder no es bueno ni malo, sino depende para qué y cómo se usa. La historia mundial está llena de casos de personas que el poder las transformó, o quizá simplemente hizo que se mostraran tal cual. Un político ejemplar, de cómo el poder no lo cambió, es Pepe Mújica. Sin embargo, esta es la excepción, ya que dentro de la clase política el poder parece una adicción que implica que quienes la padecen, lo único que quieren es más poder para sí mismos.

Esta adicción es alimentada por las personas que los rodean, quienes les elaboran una especie de burbuja que les hace creer que son intocables y los alejan de la realidad. Para no irnos muy lejos, hace unos cuantos unos años en El Salvador una de las personas más cercanas a un expresidente, le dijo que lo que debía hacerse con él era clonarlo, por lo “bueno” que era. Ahora se ha comprobado que esa persona fue corrupta.

El problema para quienes padecen esta enfermedad es que el poder es efímero, cuyo límite extremo está dado por la propia vida y aunque crean que es evitable, la historia tarde o temprano los pondrá en su lugar. No obstante, esta obsesión puede provocar que alguien pueda convencerse que es un rey o un semidios, con poder infinito. Esto sobre todo sucede en países con mucha debilidad democrática, donde hay políticos que están por encima de la ley o incluso piensen que son la ley.

En Centroamérica hemos convivido constantemente con este tipo de situaciones. Presidentes que llegaron a través de elecciones donde la mayoría de las personas los votó, pero luego usaron el poder para enquistarte en él. Nicaragua quizá sea el caso más dramático, en donde se logró destruir a los partidos políticos de oposición, se ha hostigado a la prensa independiente y se ha criminalizado a las organizaciones sociales e incluso a la academia. Y pensar que hace unos años, varios empresarios centroamericanos llegaron a poner a Nicaragua como un ejemplo de lo que debía hacerse por sus tasas de crecimiento económico. Supongo que ahora tendrán claro que el crecimiento económico no se puede desligar de la democracia, pues una crisis democrática tarde o temprano provoca una crisis económica. 

El Salvador está a la víspera de entrar en una nueva etapa, en la cual el presidente Bukele y su familia tendrán el control del Ejecutivo y de la Asamblea Legislativa. Esta situación del poder no es necesariamente mala para algunos, pues piensan que se podría lograr que el país avance en los indicadores de desarrollo y dar respuesta a los problemas históricos que tiene el país. De hecho, una reciente calificación de riesgo país, ha planteado que esta situación puede ayudar a resolver los problemas financieros al reducirse la polarización que había en la Asamblea. Sin embargo, para otras personas, esta situación ha encendido todas las alarmas, pues también podría provocar que un puñado de personas tengan el control total del Estado, se consolide un régimen autoritario y se tengan retrocesos en el cumplimiento de derechos. 

Más allá de las palabras del presidente Bukele, espero que tenga mucha autocrítica y escuche la crítica sobre cómo ha sido su actuar hasta ahora y lo que podría hacer teniendo todo el poder. No sé si él habrá dimensionado, pero usar el poder que tiene para atacar a la prensa independiente, a las organizaciones sociales, a la academia o cualquier persona que le haga una crítica; así como los retrocesos en el acceso a la información pública y su silencio frente a los casos de corrupción de su gestión, no lo ponen como el referente internacional que él busca ser.  Al menos no como un referente Estadista.

El momento de la verdad ha llegado y estamos a punto de saber si el presidente Bukele, junto a su círculo, será un referente de cómo utilizar el poder para avanzar hacia un Estado democrático que garantiza todos los derechos de todas las personas o, si simplemente se conformará a pasar a la historia junto a los autoritarios y fascistas como Franco, Mussolini o su contemporáneo Daniel Ortega. El uso del poder del presidente Bukele lo definirá.

 

Ricardo Castaneda Ancheta // Economista sénior / @recasta

Esta columna fue publicada originalmente en Gato Encerrado, disponible aquí.