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El elefante en la habitación

Hace más de un año que el gobierno de El Salvador adoptó una de las primeras medidas sobre la pandemia de la COVID-19.


Muchas cosas han pasado desde entonces. Muchísimas. Pero pareciera que en el debate político la pandemia, la crisis económica, la crisis social, la crisis ambiental y la crisis fiscal son aspectos de poca o nula relevancia. A solo unos cuantos días para una de las elecciones más importantes, no solo por la posibilidad de que una sola persona y su familia acumule poder político –quizá, como nunca antes en la historia– sino porque la próxima legislatura es la que deberá enfrentar estas crisis. Pero nadie parece querer hablar del elefante en la habitación. O peor aún, qué hacer con ese elefante.

Este 2021, la situación fiscal de El Salvador es más grave que la del año pasado. Y hay varios factores que explican esto. Primero, la caja de herramientas se ha vaciado. En 2020, dos de los instrumentos que más se utilizaron fueron las Letras del Tesoro (Letes) y los Certificados del Tesoro (Cetes), sin embargo, para este año, las Letes han llegado prácticamente a su límite, lo que significa que las emisiones que se hagan ahora en realidad solo servirán para pagar las Letes que se vencen. Por cierto, este año se vencen más de USD2,000.0 millones entre Letes y Cetes, cuyo pago no fue incorporado en el presupuesto de 2021.

El año pasado se emitieron USD1,000.0 millones en bonos en el mercado internacional, a la tasa de interés de 9%, la más alta que ha emitido el país, pero en esta ocasión se ha restringido, con las modificaciones realizadas por la Asamblea, para que casi la totalidad del financiamiento se haga a través de préstamos. Estos créditos no se obtienen tan rápido como quedó evidenciado el año pasado, pero por si fuera poco el Ministro de Hacienda acaba de declarar que el país perdió un préstamo de USD250.0 millones con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) a unas condiciones excepcionales, tomando en cuenta el perfil de riesgo del país. Porque claro, la clase política tenía cosas más importantes que hacer, como jugar a la politiquería.

Segundo, la deuda flotante.  El Ejecutivo acarrea sendas deudas que no se pagaron el año pasado, especialmente las vinculadas a las transferencias al FODES y el pago a proveedores que, en cualquier momento, una resolución judicial puede obligar a pagarlas. Nuevamente, esos recursos no están incorporados en el presupuesto de 2021.

Tercero, los ingresos aprobados están sobreestimados. Esto está confirmado con las cifras de cierre de 2020, donde no se alcanzará lo que se aprobó, a menos que se aumente la tasa del IVA. Esto supondrá que muchísimos gastos aprobados no tengan fuente de financiamiento. Además, este desfinanciamiento es acrecentado por los vetos presidenciales a los préstamos que terminaban de cubrir el presupuesto para 2021, que, dicho sea de paso, en un examen de constitucionalidad, lo más seguro es que lo aplazaría al no cumplir el principio del equilibro contable. Cuarto, la pandemia no está controlada y por lo tanto la crisis económica puede continuar y agravar todavía más la situación fiscal del país.

Frente a esto, es inevitable que la próxima legislatura tenga que aprobar reformas a la política fiscal. La gran pregunta es, ¿qué tipo de reformas están dispuestos a apoyar o rechazar los futuros diputados y diputadas? Más allá del mercadeo político, es indispensable saber cuáles son sus propuestas. Propuestas alejadas de dogmas, basadas en elementos técnicos, en concordancia a lo que establece la Constitución de la República, pero también apegadas a la realidad del país.

Para quienes aspiran a no hacer cambios, deben saber entonces que asumen la posición de que las personas más pobres sean quienes terminen pagando la factura de las crisis. Para quienes aspiran a hacer cambios, deben tener presente que la política fiscal no es neutra y deberán entonces decidir quiénes serán los beneficiados y quiénes no. Y para quienes esquivan este debate, deben saber que no por ello la grave situación fiscal va a desaparecer, de hecho, lo más seguro es que el elefante nos pueda terminar aplastando.

 

Ricardo Castaneda Ancheta // Economista sénior / @recasta

Esta columna fue publicada originalmente en El Mundo, disponible aquí.