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La Covid-19 desde otra economía

La crisis derivada de la Covid-19 es de carácter sistémico porque, entre otras razones, ha trastocado todas las estructuras socioeconómicas (Estado, mercado, familias y comunidad); ha exacerbado los problemas estructurales e históricos de nuestras sociedades (desigualdad, pobreza, desempleo, corrupción); y, ha venido a cuestionar los cimientos del orden socioeconómico actual, que, no solo es capitalista, sino que también es patriarcal.


 

Siendo así, nos encontramos ante una realidad que escapa de cualquier esfuerzo predictivo, dado que sobrepasa las fronteras del conocimiento económico ortodoxo predominante, no solo a nivel técnico, sino que también ético y político. Me explico:

Para problemas complejos las soluciones también deben ser complejas. No obstante, aunque en los discursos de académicos y políticos parece predominar una cierta comunión al respecto, hasta el momento son pocos quienes efectivamente lo abordan desde la complejidad. Esto ocurre, en parte, porque predomina un paradigma del conocimiento que, en economía, se define como neoclásico poswalrasiano, en el cual se asumen supuestos simplificadores de la realidad, con los cuales, paradójicamente, se intenta explicar la misma.

Así, por ejemplo, para la elaboración de ciertos modelos predictivos, se asumen supuestos como que existen actores representativos y homogéneos (negando su diversidad); que los agentes actúan de forma racional (negando que la racionalidad puede ser limitada); y, que las variables de estudio tienden al equilibrio (negando la inestabilidad, la volatilidad y la fragilidad). En consecuencia, se obtienen pronósticos que resultan limitados para captar la realidad y para dimensionar la complejidad de los efectos de las políticas y finanzas públicas en la vida de las personas en su diversidad.

 No en vano, la ciencia económica predominante tiende a ser vista como asunto únicamente de especialistas, o bien, propia de libros de texto que únicamente sirven para “adornar” libreros o escaparates, pues, con tantos supuestos simplificadores, las medidas implementadas poco o nada se corresponden con la complejidad del contexto en el cual se aplican ¿A qué viene todo esto? Lo traigo a colación porque la crisis derivada de la Covid-19 exige soluciones “fuera de la caja”, lo que implica también analizar la realidad con lentes renovados y con un enfoque ético-político multidisciplinar y distinto.

Es hora de reconocer la estrechez técnica de los abordajes tradicionales, pero fundamentalmente sus limitantes ético-políticos. En la economía ortodoxa, los supuestos simplificadores de la realidad responden a su interés de centrarse en el mercado y no a las personas. No es casualidad que las propuestas predominantes estén orientadas, entre otros, a atender lo que ocurre en los mercados, descuidando lo que ocurre en las familias; a analizar los impactos en los trabajos remunerados, ignorando los efectos en los trabajos no remunerados; a estudiar la relación Estado-mercado, dejando en segundo plano la relación Estado-familia y comunidad, o incluso, la relación del mercado con las familias.

Por ello, es necesario pasar de un pensamiento económico ortodoxo a uno heterodoxo que permita la multidisciplinariedad y diversidad de enfoques, así como un compromiso ético político que invierta la fórmula y se concentre en las personas y no en el mercado. A mi parecer, tanto la economía feminista como la economía evolutiva pueden aportar en esta dirección, considerando que superan los supuestos simplificadores de la economía predominante y, a su vez, permiten un análisis más próximo a la realidad.

No es lo mismo hablar de complejidad desde una perspectiva neoclásica que desde una evolutiva o feminista. Esto es crucial que lo sepamos, primero para saber los alcances y limitaciones de las propuestas que tanto académicos como políticos nos presentan, y; segundo, para exigir propuestas que aborden la complejidad, no solo desde el discurso, sino que desde la evidencia basada en un análisis sensible al caos, a las estructuras de poder, a la historia, a la diversidad, a la pluralidad, a la racionalidad limitada, a la relación con el ambiente natural y social, entre otros factores propios de una realidad en continua evolución, destrucción y construcción.  

 

Ana Cevallos // Economista investigadora / @cevallob

Esta columna fue publicada originalmente en El Mundo, disponible aquí.